
La palabra desahucio etimológicamente significa: “des” que significa quitar y “aucio” que proviene del latín “fiducia” que significa confianza. Antes de su acepción legal moderna, esta palabra significaba solo quitar la confianza y se empleaba en medicina para decir que alguien no tiene posibilidad de sobrevivir, no hay confianza en su recuperación. Más adelante, la palabra fue derivando el ámbito legal hasta convertirse en la palabra utilizada cuando nos echan de nuestra casa, cuando se produce un desalojo. En este significado voy a utilizarlo ahora.
Los humanos actuales, en mi opinión, hemos sufrido y sufrimos tres graves desahucios que condicionan gravemente nuestra vida y que hacen al humano del siglo XXI tan proclive a la patología, al narcisismo (como dice el libro del psicólogo Alenxander Lowen: “El narcisismo, la enfermedad de nuestra época”), a la psicopatía y a vivir una vida lamentable.
El primer desahucio es el más evidente y del que más se habla, el primer desahucio no es ni siquiera un desahucio rigurosamente hablando. Y es que a muchas personas no las pueden echar de casa porque les ha sido prohibida el acceso a ella: sin posibilidad de establecerse un hogar propio. La avaricia imperante, combinada con la inacción política se ha unido para contribuir a este grave problema. No es un fenómeno parcial o local, es global, centrado en las ciudades y al que nadie parece encontrar solución (tal vez la voluntad política para ello sea escasa).
Miles de jóvenes y no tan jóvenes en todas las ciudades se ven abocados a pagar precios excesivos, si es que encuentran casa que puedan pagar, y dando gracias por ser abusados. Me hace recordar una viñeta de Mafalda donde uno de sus amigos decía que su papá llamaba a su salario la paloma porque venía un momento a posarse en su casa y rápidamente se iba a otra, a la del propietario del piso.
Este es un problema gravísimo y sus consecuencias tremendas, seguramente esté detrás de la radicalización en las opiniones de gran parte de las nuevas generaciones, sumado a la locura alienante de la tecnologización sin medida. Ser un extremista, un racista, un supremacista o triste conspiracionista coleccionando teorías a cual más descabellada nunca está justificado, pero es humanamente más comprensible cuando se está desesperado. En este caso, el lobo ya no se come a Caperucita, solo la seduce en sus medios de referencia, las peligrosas redes sociales, de que todos sus problemas se reducen a uno. Redordemos que el populismo es convencer a la gente de que los problemas complejos son en realidad sencillos de resolver, basta encontrar los culpables de todo (normalmente quien en ese momento no se pueda defender); sean los judios, los inmigrantes, las mujeres, los negros, etc. Esto da bastante miedo y hace recordar lo que ya pasó hace más o menos un siglo.
El segundo desahucio que hemos sufrido y sufrimos los humanos en esta época es el de la pareja.
No soy yo exactamente el mayor defensor de la familia que ha existido. No creo que la pareja o la relación de pareja sea la panacea que lo arregla todo o la única forma sensata de vida. Como muchos afirman, el matrimonio ha sido en cierta medida una opresión de las mujeres, tratadas como posesión, un contrato para que la ley y la sociedad colaboren en que “esta mujer es de mi propiedad y cuidado a quien se atreva a tocarla”. Obviamente no es este tipo de relación al que me refiero.
Ahora bien, creo firmemente que las relaciones de pareja son algo esencial, algo que como bien sabe la psicología, da mucho sentido y profundidad a la vida. Es un problema que hayamos devenido culturalmente a la devaluación de la pareja, o bien pensando que esta relación es algo obsoleto, de un pasado ignorante, o que una relación de pareja es algo básicamente erróneo, donde si se está bien es fruto de la alineación de los planetas o de los caprichos de la bioquímica.
Por supuesto que se puede ser feliz sin pareja o sin ningún tipo de relación, hay muchas formas de vida y básicamente, como casi siempre en la vida, importa más el cómo que el qué. Pero es obvio, que una relación sana y profunda es una fuente de felicidad inmensa y que pocas cosas en la vida pueden dar esa profunda satisfacción vital y ese amor tan satisfactorio.
No en vano, en muchas culturas orientales se habla de la pareja como de tu casa. Si nos quitan la pareja, si se nos convence que esto de tenerla es una memez, en alguna medida nos quitan la casa (de nuevo). Y nos han quitado la pareja, sobre todo a la gente más joven, convenciéndonos, forjando entre todos esta cultura donde se desvirtúa total y absolutamente la pareja.
Esto me recuerda, como tantas cosas hoy en día, al Mundo Feliz de Aldous Huxley, donde el sexo es algo sin ninguna importancia, algo así como tomarse un café con alguien o darse un paseo. Y en ese mundo feliz se evita la relación de pareja cómo se evita cualquier otro tipo de relación profunda. Y se hace porque, como todo lo intenso y profundo, una relación sana de pareja nos conmueve, nos hace mejores, nos da sentido vital, nos hace, como en aquella bonita película llamada “Mejor imposible”, tener la motivación para mejorar como personas.
Cuando una relación de pareja es sana, profunda, formada por seres sensatos y en proceso de maduración, cuando tiene en gran medida aquellos componentes de los que hablaba el psicólogo Steinberg: intimidad, es decir amistad profunda, compromiso o proyecto vital conjunto y pasión, una sana sexualidad y un romanticismo, entonces tu pareja es tu casa y no tenerla es vivir un tanto desahuciado, lo cual no quiere decir que otro tipo de vida deba ser erróneo.
Nos han y nos hemos desahuciado de esta casa convenciéndonos de que las relaciones sanas y felices son poco menos que imposibles, de que el amor se acaba enseguida (confundiendo tristemente pasión con relación), de que la atracción física es lo único que hay (materialismo radical) y de que no merece la pena el esfuerzo. O si aún no pensamos eso, por lo menos nos conformamos con relaciones tóxicas o de tan bajo nivel y con tantos problemas que apenas se parece a lo que podría ser. Es bastante obvio que no es el mejor momento para las relaciones de pareja, quizás es el peor momento para ello en la historia de la humanidad. Es evidente que la depauperación de las personas y de su calidad humana (el tercer desahucio, del que luego hablaré) incide completamente en estas relaciones… Es también ahora muy común ver que se ha sustituido una relación humana de pareja por una relación "animal de pareja", es decir tener una mascota, perro, gato o similar, que sea nuestro ser de referencia. Esto lo refleja muy cómicamente la serie “Animal”.
Y el tercer desahucio, y aún más importante, es el que hemos sufrido los humanos desde hace bastante tiempo y es el desahucio de nuestra mente, de nuestra atención, como explora el libro "El valor de la atención" de J. Hari, de nuestra profundidad y nuestra humanidad.
Este robo de nuestro propio refugio interno, "qué otro refugio puede haber sino uno mismo" decía Buda, de nuestra profundidad, de esas hondas verdades que constituyen nuestra esencia, que decía Gabriel García Márquez, derivándonos a una persona líquida, como dice el filósofo Zigmunt Baumant, una persona aforme, relativista hasta el final, donde todo en la vida es un constructo, no hay realidad ni principio al que asirse, y nada realmente merece la pena, abocándonos a un nihilismo donde el único criterio es el hedónico: si algo es agradable es bueno y si es desagradable es malo, como viene a decir el libro "Divertirse hasta morir" del filósofo Neil Postman.
¿Qué o quién nos ha robado la mente y la profundidad o, por decirlo en términos nada científicos, “el alma”? Pues seguramente es un proceso que viene de lejos y en el que intervienen muchos factores, desde un conjunto de factores climáticos y sociales que pervirtieron nuestra psique, como afirma brillantemente el psicólogo y antropólogo Steve Taylor en su extraordinario libro ”La Caída”, desde la descompensación mental basada en la hiper racionalidad, la apuesta total a nuestro cerebro racional y, por consiguiente, el olvido de nuestros otros cerebros o facetas, como afirmó reiteradamente el psiquiatra Claudio Naranjo, o como ilustra el gran autor Ernesto Sabato en su libro “Antes del fin”: “hemos llegado a la ignorancia a través de la razón”. También hemos perdido el alma desde una ciencia mecanicista que desde hace mucho nos repite insistentemente que solo somos máquinas biológicas, desde una filosofía o psicología que nos ha encasillado como psicópatas en potencia, como hizo Hobbes, con un impulso ciego de vivir, como hizo Schopenhauer, un saco de traumas peligrosos, como hizo Freud, o en una rata de laboratorio algo más compleja, pero igual de susceptible y manipulable que las pobres ratitas experimentales, como hicieron los psicólogos conductistas como Watson y Skinner.
Ese acervo cultural junto al desarrollo de la salvaje sociedad de consumo, los alienantes valores consumistas de los que tan brillantemente habló el psicólogo Erich Fromm y la hipnotizante tecnología y la corrupción o el olvido de los caminos para ir más allá de todo eso, nos ha hecho lo que somos, perder absolutamente nuestra mente y ser desahuciados de esta última de las tres casas a las que deberíamos tener derecho simplemente por haber nacido.
Y así, el humano moderno, completamente desahuciado, sin casa física, sin pareja (o con una relación tóxica) y aún más grave, sin mente, sin profundidad ni criterio, tal vez abrazando con desesperación cualquier dogma, por chorra que este sea, político, religioso o mágico, famélico de salud y equilibrio, deambula desnortado, adicto a mil cosas, ciego y malcriado, inconsciente, sintiéndose solo y desesperado en un universo frío al que todo da igual, expuesto a lo peor de sí mismo, ignorante, atrapado en su miedo y su desesperación que se repite “ande yo caliente, y ríase la gente” (egocentrismo total), como en el poema de Góngora, que intenta sin éxito combatir este vacío acumulando o coleccionando, o de viaje en viaje, de restaurante en restaurante, de capricho en capricho o de mujer en mujer como un mendigo, que dijo Silvio Rodríguez.
Y ¿qué hacer ante todo esto? Pues estaría muy bien reconocer nuestra condición de desahuciados y pertenecientes a una cultura de desahuciados y reaccionar ante todo ello.
Convendría saber que hay cosas que se nos escapan de las manos, está claro.
Muchos no pueden de ninguna forma acceder a una vivienda digna y como digo, esto es un problema grave, pero lo es aún más sumado a los otros dos desahucios sufridos.
El problema es que todos esos desahucios juntos nos hacen aún más vulnerables y sin capacidad de reacción, y nos llevan a la falta de responsabilidad sobre nuestra vida y a soñar, no ya con cambiar esta noria donde unos están arriba y otros abajo injustamente, sino a soñar con estar arriba de la noria, a ser explotador y no explotado.
El tercer desahucio, en concreto, es muy mejorable por uno mismo y es la clave de todo.
Iniciar un proceso de recuperar la mente y por tanto recuperarse a uno mismo es el trabajo más importante que se puede hacer en la vida. Y con la mente y la profundidad “in progress”, los otros desahucios se pueden afrontar mejor.
Una idea muy difundida y, en mi opinión muy errónea, es decir que trabajar sobre uno mismo es no cambiar el exterior, es para agachar la cabeza y ser un corderito. Es exactamente lo contrario, la rebeldía ha de empezar por el interior, como decimos los psicólogos, todo cambio es de dentro hacia afuera, todo verdadero y genuino, toda revolución sensata parte de la revolución interna.
Cuando crecemos, cambiamos la perspectiva sobre muchas cosas y podemos afrontar los problemas con esa flexibilidad y apertura mental que tanto ayuda a vivir una vida creativa, donde el problema no es una condena sino un reto a resolver. Y vivir una vida desde la creatividad y desde la ilusión, como bien dice el psicólogo Gestáltico Joseph Zinker, es el principio de una vida sana y que merece ser vivida.
Hacernos, pues, más conscientes, por tanto, de nuestra condición de desahuciados y ambicionar cambiarla, qué otra ambición puede haber más sana e importante, dejar de huir y de intentar tapar los boquetes con chicles, y sentar los cimientos de una vida con casa, interna y tal vez externa, aquella vida que tú decidas, con pareja, o sin ella, con casa o como se te ocurra o te dé la gana, pero superando esos desahucios en el que nos han y nos hemos metido, sería una gran idea.
Jose Bravo
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